El cuarto viaje

Cuento Mushin

Érase una vez un niño destinado a ser un gran guerrero. Desde que apenas sabía andar recibió una espada de madera e instrucción para manejarla. No era más hábil que sus otros compañeros, de hecho, muchos de ellos parecían mostrar mayor talento que él. Algunos eran más grandes, más fuertes, más rápidos y sus reflejos más atentos. Ni siquiera resultaba especialmente valiente o resuelto. Nada hacía sospechar que nuestro niño alcanzaría tal destino. De hecho, todo el mundo le llamaba simplemente “Pequeño”.

Un día, practicaban la técnica de la espada bajo los árboles, blandiendo sus armas de madera y cortando el aire buscando la precisión en el movimiento. Aprendían a mover el peso de una pierna a otra, a acompasar la respiración a los movimientos de la espada, a equilibrar el control de la forma apropiada entre las manos, a no tensar los hombros y gran cantidad de detalles técnicos por los que, a menudo, eran reprendidos si no ejecutaban correctamente.

Durante un descanso de la práctica, el maestro, a quien conocían como maestro Búho, debido a que era un experto criador de búhos, preguntó a los alumnos:

-¿Cuál es el objetivo del guerrero?

Todos los niños callaron.

-Os he hecho una pregunta. ¿Cuál es el objetivo del guerrero?

Todos los niños se miraban unos a otros esperando que alguien diera una respuesta, pero ninguno parecía atreverse a ser el primero.

Uno por uno, tuvieron que dar sus opiniones.

-Ser valientes.

-Ser hábiles con las armas.

-Obedecer órdenes.

-Ser fuertes.

-Derrotar a sus enemigos.- Esta última fue la respuesta de nuestro Pequeño.

-¿Quiénes son sus enemigos, Pequeño?– Preguntó el maestro.

-Pues… sus enemigos son los que quieren hacerle daño, maestro.– Contestó el niño dubitativo.

-Ahora mismo, desde este preciso lugar, sigue el cielo del Sur 40.000 pasos, busca allí a un enemigo, derrótalo y vuelve a decirme qué has encontrado. Para realizar tu encargo, abandonarás aquí tu arma.

Pequeño saludó con una inclinación a su maestro, dejó el arma en el armero, orientó los pies hacia el sur y comenzó a caminar contando los pasos.

Como había salido por la tarde no tardó en oscurecer. No llevaba ninguna mochila con víveres, ni siquiera una manta para dormir. Solo llevaba puesto su traje de práctica. Por suerte había un riachuelo que atravesaba toda la zona del que obtenían agua para beber y en el que solían bañarse los días de mucho calor, así que, al menos, no pasaría sed.

Aunque era primavera, las noches eran frescas, así que Pequeño tenía hambre, sueño y frío. Se acurrucó entre las raíces de un árbol intentando conservar el calor y dormir lo antes posible para no sentir el hambre. Pero la noche en el bosque era oscura y llena de ruidos que asustaban a Pequeño y no le dejaban dormir. A ratos, temblaba de frío y otros lloraba por miedo hasta que consiguió dormirse cuando casi había amanecido.

Al día siguiente, la luz del sol le despertó golpeándole con fuerza. Si por la noche había pasado frío, ahora el calor le quemaba la piel y le molestaba en los ojos cansados. Pero Pequeño continuó caminando sin hacer caso al hambre ni al escozor en los brazos y el cuello producido por el sol.

Finalmente, a media tarde, alcanzó los 40.000 pasos que había contado diligentemente y se dispuso a encontrar un enemigo al que derrotar. Pero primero, buscó un trozo de madera que pudiera usar a modo de espada de entrenamiento y entretanto, la noche volvió a acecharle en medio de ningún sitio.

Vio una columna de humo elevarse detrás de un cerro y se apresuró a correr. Con suerte, pensó Pequeño, llegaría antes del anochecer.

Cuando llegó, encontró la casa de unos agricultores muy pobres. Tan pobres, que la casa no tenía puerta a la que llamar.

-Disculpen– dijo Pequeño –He llegado hasta aquí siguiendo las órdenes de mi maestro, pero no he comido ni dormido desde ayer.

-Pasa, niño. No tenemos mucho, pero no dejaremos que pases hambre.– Dijo la madre.

-Muchas gracias señora.

Mientras que devoraba el plato de comida que le habían ofrecido, el padre le preguntó a Pequeño:

-Y ¿qué instrucciones son esas que traes de tu maestro?

-Tengo que encontrar a un enemigo y derrotarlo.– Dijo Pequeño con fiereza.

-¿Quién es ese enemigo?– Dijo la madre sorprendida.

-No lo sé… un enemigo cualquiera.

-Por aquí no hay enemigos que derrotar. Nunca hemos tenido problemas con nadie.– Dijo el padre. –Los únicos enemigos por aquí son el hambre cuando hay malas cosechas, la sed cuando hay sequías, el frío cuando nieva en invierno y el miedo cuando aúllan los lobos.

-Y ¿cómo se vence a esos enemigos? ¡No se les puede golpear con una espada!– Preguntó Pequeño.

-Hay que quitarles su poder. No se les puede dejar ningún sitio en la mente o en el corazón donde se puedan enganchar y ellos solos terminan desapareciendo como una madera que arrastra el río.- Dijo la madre.

Pequeño pensó en lo que le había sucedido la noche anterior y agradeció a la familia que le acogieran, le alimentaran y le protegieran. Al día siguiente, Pequeño veía el mundo con mayor claridad y decidió volver a la escuela. Volvió siguiendo el mismo camino que le había llevado hasta allí usando como bastón el palo que pensaba haber empleado como arma.

Muy entrada la noche llegó de vuelta a la escuela, cansado y hambriento. Se dirigió al maestro antes de ir al comedor.

-¿Y bien? ¿Qué enemigo encontraste, Pequeño?

-Combatí a varios enemigos, pero no los encontré, sino que me acompañaban desde el principio: El miedo, el frío, el hambre y el cansancio.

Contó entonces su viaje al maestro.

-Los enemigos a los que un guerrero combate a diario son los que lleva consigo. Ese es el objetivo del guerrero.

Después, el maestro le llevó al comedor, se aseguró de que comiera y le envió a dormir.

Al día siguiente, las prácticas de armas continuaron.

Y continuaron durante años.

Hasta que Pequeño ya no era tan pequeño, pero aún seguían llamándole de la misma manera. Muchos de sus compañeros de aprendizaje habían abandonado sus estudios y perseguían otras metas, pero él seguía practicando a diario. Había mejorado mucho y ya no se preocupaba de los detalles técnicos. Más bien estudiaba cómo encontrar el momento exacto para avanzar y para retroceder, como romper las guardias de sus oponentes, conocer cuando éstos estaban despistados o hacerles caer en sus trampas para derrotarlos.

Un día de verano, el maestro preguntó a los alumnos antes de empezar una clase:

-¿Qué se espera de un guerrero?

Y los alumnos contestaron:

-Que luche hasta el final.

-Una gran habilidad en el combate.

-Que obedezca las órdenes.

-Que proteja la vida. – Esta última era la respuesta de Pequeño.

-¿Acaso no es esa la labor de un médico? ¿Cómo pretendes proteger la vida empleando técnicas que la destruyen?

-Protegiendo a aquellos que no se pueden proteger a sí mismos.

-Ahora mismo, desde este preciso lugar, sigue el cielo del este 80.000 pasos. Allí protegerás una vida y volverás a contarme tu viaje.

Pequeño orientó sus pies hacia el este y comenzó a caminar contando los pasos. Ya estaba acostumbrado a dormir a la intemperie, a encontrar comida y cobijo, así que cuando la noche le encontró no tuvo ningún problema para dormir y proseguir su viaje por la mañana. Pero esta vez, algo le llamó la atención cuando estaba a punto de contar los 80.000 pasos. Encontró una guarida donde tres lobeznos peleaban entre sí. Gruñían y ladraban casi sin fuerzas desfallecidos de hambre. Ningún lobo adulto había pisado el terreno en días.

Dejó a los cachorros en su guarida y pensó en conseguir comida y alimentarlos cuando se encontró a varias personas que iban de caza.

-¡Buenos días!– saludó la partida de caza.

-¡Buenos días!– Dijo Pequeño.

-Ten cuidado, extranjero. Hay lobos por la zona. Hace varios días matamos a una loba que atacaba al ganado.

-Lo tendré.– Dijo Pequeño.

-Estamos buscando a sus lobeznos, ¿no habrás los habrás visto por casualidad?

-No he visto nada, acabo de llegar. Tengo un encargo de mi maestro. En cuanto termine, volveré a la escuela.

-Pues mucha suerte con tu tarea. Nosotros seguimos con la caza.

-Buena caza.– Dijo Pequeño sin ninguna convicción.

Entonces cayó en la cuenta de la complejidad de la situación. Si quería salvar a los cachorros, tendría que matar para conseguirles comida. Asimismo, los cazadores pretendían salvar a su ganado matando a los lobeznos. Pero, tarde o temprano, ellos mismos terminarían comiéndose a su ganado.

No era la primera vez que Pequeño cazaba, pero ahora era consciente de que cada vez que lo hacía, una vida desaparecía. Al parecer, preservar una vida requería a menudo quitar otra a cambio. Para que las lobas alimentaran a sus lobeznos, tenían que matar, pero para proteger al ganado, los cazadores también lo hacían. En la naturaleza, la vida era la única moneda que compraba vida, ya fuera animal o vegetal.

Por un momento pensó en que no debía ayudar a los lobeznos. No creía que fuera correcto. Sin embargo, los gruñidos de los pequeños cachorros habían llegado a Pequeño al corazón y sentía que no podía abandonarlos. Sentía que eran animales inocentes, pero ¿acaso era menos inocente el animal al que tendría que matar para alimentarlos? Finalmente, sus sentimientos de compasión hacia los lobeznos se impusieron y con un pesar que no había experimentado nunca antes, preparó una trampa, atrapó a un conejo y con su carne, alimentó a los cachorros. Después, los llevó consigo de vuelta a la escuela.

Entonces le contó al maestro:

-Maestro, sacrifiqué una vida para salvar otras, pero no estoy seguro de si tomé la decisión correcta.

-Y nunca lo estarás, Pequeño. Las vidas se sacrifican cada día a nuestro alrededor como parte natural de cómo son las cosas. Como guerrero, la carga que supone esa elección recae sobre tus hombros.

-Maestro, al contrario de lo que hubiera podido pensar, salvar una vida no puso a los lobos en deuda conmigo, sino que, ahora, siento una gran responsabilidad para con ellos.

-La tienes, Pequeño. Ahora ve y descansa. Come y alimenta a tus cachorros. Mañana temprano tienes que continuar con tu práctica.

A la mañana siguiente, muy temprano, retomó la práctica.

Y la práctica continuó durante años.

Pequeño era ya un adulto, pero su nombre original se había olvidado en la escuela. Todo el mundo seguía llamándole “Pequeño”. Corrían rumores entre los alumnos más jóvenes que enlazaban su nombre perdido con las historias que corrían sobre él y los lobos que cuidaba, que eran descendientes de los lobos que había salvado tantos años atrás. Todos sus compañeros de aprendizaje, salvo un par de ellos habían abandonado la escuela. Cuidaban de sus familias y ocupaban altos grados en la organización militar.

En cambio, aunque Pequeño ya se había convertido en uno de los instructores, seguía practicando a diario. Ya no se preocupaba de los detalles del combate, solo buscaba que los movimientos no dependieran de sus decisiones conscientes y poder controlar las situaciones del combate hasta el punto en que no tuviese que llegar a desenvainar una espada.

Un día de otoño, el anciano maestro le dijo durante un paseo a caballo:

-Pequeño, siempre que te he preguntado, has dado con la respuesta oportuna. Me gustaría hacerte una pregunta más. ¿Cuál crees que es la mayor comprensión que puede alcanzar un guerrero?

Pequeño pensó durante un rato y finalmente contestó:

-Comprender la naturaleza de la vida y de la muerte.

-Ahora mismo, desde este preciso lugar, sigue el cielo del oeste 160. 000 pasos. Estudia allí la naturaleza de la vida y de la muerte y vuelve a contarme lo que has encontrado.

Pequeño orientó a su caballo hacia el oeste y cabalgó contando los pasos durante varios días.

Al alcanzar su destino, paró en el riachuelo donde abrevó a su caballo y limpió su sudor. Entonces apareció un anciano que se dirigía también hacia la orilla.

-Buenos días, anciano.– Saludó Pequeño.

-Buenos días, a ti también, Pequeño.– Dijo el anciano.

-¿Me conoce?

-¡Pues claro que sí! ¡Desde que eras un renacuajo y llegaste a la escuela! ¡Tú a mí también me conoces!

-Siento la torpeza, pero no consigo recordarle.

-Eso es porque nunca habías visto mi rostro, pero has bebido mis aguas y te has bañado en mí cientos de veces. Te acompañé en tu primer viaje y tus lobeznos bebieron de mis aguas en el segundo. También acompañé en sus viajes a tu maestro, y al maestro de su maestro y a su maestro anteriormente, así durante generaciones.

-¿Qué quiere decir? ¿Quién es usted?

-Soy el espíritu de este río.

-¿De verdad? ¿Cómo es eso posible?

-Pues no lo sé, sólo sé que soy más que arena, piedras y agua que fluye.

-¿Acaso tienen espíritu todos los ríos?

-Pues tampoco lo sé. ¿Lo tienen todos los humanos? ¿Lo tiene alguno siquiera?

-Y ¿Qué puedo hacer por usted?

-Nada. Sólo vengo a acompañarte en este momento. Debo decirte que tu maestro ha muerto.

Pequeño se sobresaltó y su rostro se quedó pálido. Las lágrimas saltaron de sus ojos. Se incorporó rápidamente para montar de vuelta en su caballo.

-¿Dónde vas, Pequeño?

– ¡A la escuela!¡Tengo que volver con el maestro!

-¿Y de qué le va a servir ahora? Te envió a una misión y esperaba que la completaras.

-Pero tengo que despedirme de él. ¡No se puede marchar sin que le diga adiós!

-Pequeño, tu maestro ya no está, pero no se ha ido a ningún sitio.

-¿Qué se supone que quiere decir eso?– Dijo Pequeño aún con lágrimas en los ojos.

-Llevo recorriendo el mundo desde hace mucho tiempo. Antaño fui un gran río que separó montañas y creó valles, que alimentó y destruyó ciudades cuyos nombres ya ni siquiera recordáis. Y ahora, mi fin está también cerca, aunque muchas generaciones humanas futuras aún podrán conocerme. ¿Sabes que he observado en el mundo en todo este tiempo?

-No, dímelo, por favor.

-Un denso entramado, como el tejido de un telar que lo une todo. Todo lo que puedes ver y lo que no, cualquier ser, animal, planta o cosa que se manifiesta en este mundo no es más que un montón de hilos entretejidos que tarde o temprano se deshilachan y se tienen que devolver. Y con esos mismos hilos otras cosas toman forma. El universo en que vivimos no despilfarra nada. Aquello que se desteje vuelve a tejerse de nuevo en otro lugar creando otra cosa, luego otra, luego otra y así indefinidamente. Ni siquiera las estrellas en el cielo, que son los seres más longevos que he podido observar, están libres de esta transición. No sucede a menudo, ni mucho menos, pero desde que las observo, algunas pocas estrellas muy lejanas han dejado de brillar. Parte del tejido que las componían ahora forma parte de algunos seres y objetos que puedes ver a tu alrededor. Quizá, en el futuro, vuelva a ser parte de otras estrellas, porque todo está en continuo movimiento.

-Pero ahora siento tristeza por la marcha de mi maestro.

-No se siente tristeza por los que se van, sino por los que nos quedamos. Algunos hilos muy sutiles nos unen unos a otros en ese telar y cuesta que se separen. Pero créeme, es peor intentar retenerlos. Si lo haces, terminan por rasgarse y producen un agujero que después cuesta mucho coser. La separación es inevitable, el dolor que produce también lo es, pero querer retener lo que se ha separado produce un sufrimiento mayor aún.

-Nunca pensé que llegaría a tener que despedirme de él.

-El crecimiento y la caída son cosas naturales en el mundo. Les sucede a los hombres, los imperios, las estrellas y al mismo universo, sólo que en distintos espacios de tiempo. El día que contestaste “Derrotar a sus enemigos”, tu maestro supo que el principio de tu alzamiento era el inicio de su ocaso.

Pequeño se sentó pensativo al lado del anciano y se mantuvo en silencio toda la noche hasta que amaneció. En algún momento, el anciano se había marchado y ya nunca más volvió a verle. Pequeño le habló al río, a la piedra, a la hierba y a la montaña contándole su conversación con el espíritu del río tal y como se la habría contado a su maestro.

A su vuelta a la escuela. Pequeño acató su última voluntad y se convirtió en su sucesor como director. Desde entonces le conocieron como maestro Lobo, debido a que era un experto criador de lobos.

Allí siguió enseñando y practicando durante años. De vez en cuando, cuando los pequeños practicaban la técnica de la espada bajo los árboles, blandiendo sus armas de madera y cortando el aire buscando la precisión en el movimiento. Mientras que aprendían a mover el peso de una pierna a otra, a acompasar la respiración a los movimientos de la espada, a equilibrar el control de la forma apropiada entre las manos, a no tensar los hombros y otra gran cantidad de detalles técnicos por los que les reprendía si no ejecutaban correctamente. Preguntaba:

-¿Cuál es el objetivo de un guerrero?

Y pasaron muchos otros años hasta que apareció un niño pequeño que no era más hábil que sus otros compañeros. Muchos de ellos parecían mostrar mayor talento que él. Otros eran más grandes, más fuertes, más rápidos y sus reflejos más atentos. Un niño que ni siquiera resultaba especialmente valiente o resuelto que contestó:

-Derrotar a sus enemigos.

Mushin no Shin (2)

Mushin no Shin

Varios años después de haber escrito una primera explicación de lo que significa Mushin no Shin (concepto que da nombre a nuestro centro), hemos decidido añadir una segunda parte a esta entrada de nuestro blog.

De forma tradicional, la transmisión de este tipo de ideas se lleva a cabo a través de imágenes y no mediante explicaciones formales. Ya lo dice la primera frase del Dao de Jing: “El Dao que puede ser nombrado no es el Dao verdadero”, indicando así que cualquier explicación siempre será inexacta e incompleta. Por supuesto, por esa razón este mismo texto lo es.

A lo largo del tiempo hemos recopilado varias ideas que representan bien el concepto de Mushin (No-Mente o No-Intención) y nos gustaría que las conocierais.

El concepto Mushin no Shin en imágenes

el río separa o une

Imaginad un río que fluye y delimita dos terrenos.
Pregunta: ¿el río separa los terrenos o les sirve de unión? ¿Quizá ambas?
El río sólo fluye. Sólo cumple con su naturaleza. De la misma forma que a lo largo de su curso arrastra materiales y erosiona piedras, la unión o separación de los terrenos es simplemente un resultado secundario de lo que el río es y de lo que hace por su naturaleza. No tiene intención de arrastrar, destruir, unir o de separar.

imagen de un boto con niebla

Imaginad un bote a la deriva en medio de un banco de niebla.
Un segundo bote tripulado por un barquero que escucha al primer bote, pero desconoce que a éste no lo guía ningún barquero y que, intentando esquivar al primer bote, termina embistiéndolo.
Pregunta: ¿El choque se produce por culpa del barquero que abandonó el primer bote? ¿por la falta de pericia del barquero? ¿A causa de la niebla o de la marea? ¿quizá todas a la vez?
La marea, la niebla y los botes no tienen ningún tipo de intención ni de voluntad. La única intención presente en este caso es la del barquero que cuanto más se esfuerza en evitar el choque, más lo propicia.

Espada - Mushin

Imaginad un corte de espada.
Existe una práctica llamada Tameshi-giri que consiste en practicar el corte sobre objetos como cañas de bambú o rollos de paja.
Pregunta: ¿Un corte deficiente se debe a un error en el practicante, a un defecto en la espada o quizá a ambas?
La naturaleza de la espada (su camino) es la de cortar, pero en sí no tienen ninguna intención. Es la mente y la intención del practicante la que no deja manifestar a la espada su naturaleza, imponiéndola su voluntad. Así se producen cortes deficientes o peor aún, cortes con malicia. Esa agresión se ejerce tanto contra el objeto cortado como contra el autor del corte. Por eso, la práctica más avanzada de la espada es aquella en la que el corte nunca llega a producirse. Por favor no confundáis la acción de no cortar con el no-corte.

Paschimottansana - Yoga

Imaginad un Asana de Yoga. El practicante mantiene su atención en una indicación específica para las piernas, mientras que pierde atención sobre una indicación específica para los brazos, sobre el alineamiento de su columna y sobre su respiración.
Pregunta: ¿En qué parte concreta del cuerpo o acción específica es más importante centrar la atención?
Centrar la atención implica la imposición de la voluntad sobre una parte del cuerpo. Así, convertimos a esa parte en prisionera de la mente y a la mente prisionera de esa parte. Los años de práctica no buscan el férreo control tiránico del cuerpo, sino, más bien, la liberación de la esclavitud de la mente y el cuerpo. De hecho, la práctica más avanzada aparece cuando, finalmente, se abandona la forma del asana para poder centrarse en la no forma de la misma. De nuevo, al igual que con el ejemplo de la espada, no confundáis la no-forma del Asana con un Asana sin forma.

Ahora imaginaos buscando un objeto que ha caído en una laguna con la superficie agitada y el fondo turbio por el lodo. Imaginaos frunciendo el ceño y sacudiendo el agua esperando frenar las ondas de su superficie y asentar el fango de la profundidad. La acción intencionada sólo genera más turbulencias, aún cuando intentemos parar el agua con suavidad infinita.

Y finalmente, imaginad que la superficie de la laguna es vuestro cuerpo, que el fondo turbio es el conjunto de vuestra mente y vuestras emociones y que el objeto que buscáis es a vosotros mismos. Cuanto más esfuerzo invertimos en esa búsqueda más la dificultáis.

Volviendo a la concepción original que os ofrecíamos años atrás, “La luna no tiene intención de proyectar su sombra, ni el estanque se propone albergar la luna”. El deseo de ver claro este reflejo es la razón por la que la luna termina reflejándose en superficies de agua turbulentas.

La verdadera victoria, la victoria sobre uno mismo

aikido la verdadera victoria

Existe en aikido un lema (que no es propiedad única de este arte marcial) que dice: “La verdadera victoria, la victoria sobre uno mismo”. En retrospectiva esta es una de las grandes motivadoras de mi trayectoria marcial personal, aunque no haya sido consciente de ello la mayor parte del tiempo. Esta visión no siempre se ha transmitido en relación al mundo de las artes marciales como una de las “ventajas de la práctica”. Cuando iniciamos a los niños, tenemos la intención de que adquieran ciertas capacidades: Educación y etiqueta, constancia y perseverancia, determinación y valor, fuerza y flexibilidad…

Por esta razón, en mi opinión, absolutamente honesta y que comento sin intención de desdeñar otras visiones que otros pueden tener de estas disciplinas, siempre me ha parecido compleja la relación entre artes marciales y competición. Quizá sea porque personalmente nunca gané (o incluso participé en) una competición importante, o porque muchos de los que lo hicieron siendo muy jóvenes abandonaron el estudio del arte marcial seguros de que ya habían conseguido todo lo que el arte marcial podía proporcionarles. Muchos de ellos han retomado, felizmente, la práctica veinte años después. Sin embargo, han dejado por el camino veinte largos años de posibilidades.

No puedo presumir de conocer el mundo oriental moderno (posiblemente tampoco el antiguo), pero es muy posible que, como occidentales, le hayamos dado un gran valor a la competición y a la victoria sobre otros. Tanto que a veces abandonamos el Camino (que en japonés se traduce como “Do” y en chino como “Dào” o “Tao”) para conseguir la victoria. Grandes maestros como el fundador del Judo («el camino de lo suave»), Jigoro Kano, defendieron la competición como método de aprendizaje, pero también advirtieron de los riesgos de modificar el camino para conseguir una victoria momentánea sobre otra persona.

Las artes marciales tradicionales han enseñado siempre que la victoria no se impone sobre otros, sino sobre sus debilidades y que, para vencer las debilidades de otros, primero hay que reconocerlas y vencerlas en uno mismo. El propio Miyamoto Musashi escribía: “La victoria de hoy es sobre tu yo de ayer, la de mañana será sobre un hombre inferior”. Lo que no es, sino una versión previa del mismo lema en Aikido: La verdadera victoria, la victoria sobre uno mismo. Sin embargo, vivimos en el mundo de la competición y el culto a la victoria sobre otros, o incluso el mundo de la victoria sobre uno mismo en un sentido muy distinto del que nos muestran los caminos más tradicionales. Nunca se ha tratado de conseguir más victorias en torneos, ni de conseguir correr y nadar más distancia en menos tiempo o de hacer más repeticiones de flexiones y abdominales que el día anterior (por mucho que nos tienta y que nos guste la recompensa que esto nos produce; el que lo ha probado sabe de qué hablo).

La victoria sobre otro es una victoria, pero puede considerarse una forma muy baja de victoria.

Una victoria en la que mejoramos una marca o conseguimos un mejor resultado que otro anterior puede ser una forma ligeramente más elevada de victoria.

Pero la victoria más alta es aquella que nos hace cambiar nuestra vida dentro y fuera de un tatami o un lugar de práctica.

Las artes marciales siempre han intentado vencer algunos comportamientos del ego que, sin embargo, fomentamos con cada una de esas otras pequeñas victorias (que siguen siendo tipos distintos de victorias). Nuestras dudas y certezas, miedos y valentías, seguridades e inseguridades, deseos de victoria y aversión a la derrota, de mostrar lo que sabemos o de ocultar lo que desconocemos son aquello que se propone buscar honestamente dentro de cada uno, para poder transformar a través de nuestras actividades. Y puede que ésta sea la verdadera victoria. Aquella que nos cambia y que termina por cambiar un poco el mundo que nos rodea por medio de nuestra propia transformación. Mientras tanto, no hay victoria: Hay conflicto y competición.

En mi experiencia propia, tras muchos años de práctica, las artes marciales (y muchas otras disciplinas) no actúan añadiendo, como esperamos que suceda con los niños cuando se inician en la práctica, sino más bien restando. Restando en el mismo sentido que puliendo. Personalmente me encanta pensar en un bloque de piedra que poco a poco se talla con el martillo y el cincel, o de forma más tradicional y en palabras del fundador del Aikido Morihei Ueshiba: “El hierro está lleno de impurezas que lo debilitan. Mediante el fuego de la forja, se convierte en acero afilado. El ser humano se desarrolla de igual manera”.

Es muy posible que esta sea la vía (Camino-Do-Tao) de las artes marciales: Luchar sin luchar, vencer sin vencer, hacer sin hacer, la espada que no es espada y la mente que no es mente . Esta última se traduce como Mushin No Shin, y es de donde tomamos prestado el nombre para nuestro centro.

Referencias: Caligrafía «Masa katsu a gatsu gatsu hayabi»: «La verdadera victoria, la victoria sobre uno mismo, aquí y ahora» del fundador del Aikido Morihei Ueshiba.

Ikigai o el arte de levantarse por las mañanas

ikigai

Ikigai es un concepto japonés que significa “Una razón para levantarse por la mañana”, esto es, una razón para disfrutar la vida. Cada uno tiene su propio ikigai, pero encontrarlo requiere un esfuerzo de búsqueda profundo y sincero dentro de uno mismo y cuyo descubrimiento aporta satisfacción y significado a la vida.

El término “ikigai” se compone de dos caracteres: iki y kai. Iki se refiere a la vida y kai significa aproximadamente “la realización de lo que uno espera y por lo que tiene esperanza”.

Ikigai es la razón del valor de la vida de cada uno, o las cosas que la hacen más valiosa, pero también son las circunstancias mentales y espirituales bajo las cuales los individuos sienten sus vidas más plenas. Esto no depende de una situación económica o de una situación global de las cosas. Incluso en los días más oscuros, alguien con un objetivo claro, puede sentir Ikigai.

El estado de Ikigai no se genera simplemente por la ejecución de acciones forzadas, sino que aparece de acciones naturales y espontaneas que fluyen cuando las motivaciones de cada uno se unen a sus capacidades, preferencias y necesidades del mundo que lo rodean.

Cada día escuchamos o incluso repetimos que los tiempos que atravesamos son difíciles y seguramente, mirando atrás en la historia nunca hayan existido tiempos fáciles, aunque muchas veces queramos creerlo así. Sería lícito preguntarse: Con estos tiempos en los que vivimos llenos de necesidades básicas que poco a poco cuesta más cubrir ¿quién puede permitirse pensar en el Ikigai?

Pero una pregunta más útil y constructiva sería: ¿Cuándo ha sido más útil y necesario?

Si nuestros tiempos nos parecen difíciles, pensemos en la isla de Okinawa de donde surge esta idea (curiosamente de esta misma isla surge el Karate-Do… ¡que grandes legados los de los habitantes esta isla!) atravesando guerras ancestrales, la invasión japonesa y la terrible y violenta ocupación posterior, otra tremenda invasión durante la II guerra mundial y años de ocupación Americana con hambre y todo tipo de sufrimientos derivados de la guerra.

Incluso en estos tiempos tenemos que buscar nuestra “razón para levantarnos cada mañana”. La razón que nos ayude a sobrellevar el peso del día a día, vivir las dificultades, los desatinos y las complicaciones que nos impone el mundo de hoy en día y aun así sentir que nuestras vidas no son algo vacío y que aportamos algo al mundo que nos rodea.

Nuestro centro, surgió de esta misma idea de ikigai, aunque entonces no le poníamos este nombre. A pesar de las aparentes dificultades nos propusimos materializar nuestra idea de aportar y mejorar el mundo que nos rodea convirtiendo en nuestra actividad diaria aquello que nos gusta hacer y que a su vez, hemos estudiado durante años sin que tuviera un objetivo aparente. Así cuando aplicamos agujas intentamos ayudar a sobreponernos a nuestras dificultades físicas y nuestras restricciones psicológicas o emocionales, como los miedos, frustraciones o tristezas, para que éstos no se interpongan en nuestra búsqueda y desarrollo del ikigai. También cuando practicamos asanas escuchamos los mensajes que envía nuestro cuerpo y que no somos capaces de escuchar durante el ruido diario de agitación externa e interna y nos permite poco a poco descubrir nuestras capacidades y desarrollar una flexibilidad tanto física como mental.

Traducciones:

  • That Which you love = Aquello que amas
  • That which the world needs = Aquello que el mundo necesita
  • That Which You are good at= Aquello en lo que eres Bueno
  • That which you can be paid for = Aquello por lo que puedes cobrar
  • Passion = Pasión
  • Mission = Misión
  • Profession = Profesión
  • Vocation = Vocación

“Desde la Competición hacia la Cooperación” por MATTHIEU RICHARD

A continuación, incluimos la transcripción en español de un artículo realmente interesante creado y publicado por Matthieu Ricard a través de su blog. Para poneros en situación, M. Richard es un monje budista de origen francés que reside en Nepal. Hijo de un conocido filósofo francés y de la pintora Yahne Le Toumelin, llegó a alcanzar el doctorado en Genética Molecular. Sin embargo, al terminar sus estudios, se centró en la práctica del Budismo tibetano. Desde entonces, ha publicado diversos libros sobre filosofía y fotografía. Muchos de sus trabajos están centrados en explicar el concepto de la Felicidad.

Traducción: Desde la competición hacia la cooperación

El mundo de los negocios es un mundo competitivo, que a menudo resulta muy intenso. La competición malsana está dirigida por la avaricia, la hostilidad y el egoísmo sin escrúpulos. Sin embargo, la competición puede ser una fuente de inspiración para mejorar lo que hacemos. Nada podría ser mejor que una sociedad centrada en la cooperación en lugar de la competición.

La competición no significa necesariamente eliminar competidores por cualquier medio. Al contrario, para prosperar una empresa podría por ejemplo convertirse en líder e inspirar a sus inversores adoptando valores éticos y un comportamiento saludable con el entorno. La competición puede guiarnos a mejorar la calidad de los productos para el beneficio de todos.

La competición está relacionada con la tendencia moderna y exacerbada hacia el consumismo y los efectos de tal relación están bien documentados.  Tim Kasser, investigador americano, autor de The High Price of Materialism, estudió durante 25 años la correlación entre la tendencia al consumismo y los estándares de vida, lazos sociales, salud y otros factores en decenas de miles de casos.

Él y su equipo crearon un cuestionario para estudiar hasta dónde la gente está apegada al consumismo y hasta qué punto se preocupan por valores “externos” (riqueza, propiedad material, imagen social, etc.) en lugar de por los valores “internos” (satisfacción con su propia vida, amistad y lazos sociales, valores ecológicos, empatía).

Como resultado averiguó que cuanto más alta es la puntuación en la escala del “Consumismo”, las personas se sienten menos satisfechas. Aquellos que puntúan alto en la escala persiguen placeres hedonistas que se encuentran en constante fluctuación y se interesan menos en la satisfacción que producen valores internos más duraderos; se guían por valores materiales; tienen muchas relaciones profesionales, pero pocos amigos; se encuentran menos contentos con su vida familiar e incluso no gozan de tan buena salud. También se interesan menos por asuntos globales que afectan a la sociedad como un todo, tales como el medio ambiente.

Dicho esto, buscan la felicidad al igual que cualquier otra persona. ¡Nadie se despierta por la mañana con el deseo de sufrir todo el día! Sin embargo, estas personas buscan la felicidad donde ésta no puede ser encontrada. Por lo tanto, tienen que entender, individual y colectivamente, que la felicidad interna contribuye a una vida de éxito más que el consumismo excesivo. El consumismo se puede comparar con beber agua salada, cuanta más bebemos, más sedientos estaremos. Valores tales como la satisfacción y la sencillez, en cambio, han sido elogiados por las tradiciones contemplativas durante milenios.

En particular, debemos aprender a evitar la búsqueda de lo superfluo. La sed por lo superfluo ha llegado a un punto tan exagerado que necesitamos hacernos conscientes de ello. Una economía saludable debería ser capaz de proveer a cada uno en relación con sus necesidades reales. Sin embargo, dedicamos una gran parte de nuestros recursos, trabajo y tiempo intentando conseguir aquello que no es ni necesario ni útil para el bien común.

No tiene ningún sentido para una nación ser la más rica y la más poderosa si resulta ser la más infeliz. Debemos poner el acento en la “Felicidad Interior Bruta” más que en el “Producto Interior Bruto”. De otra forma, ¿para qué rompernos el espinazo trabajando duramente?

El consumo es ciertamente vital para nuestra supervivencia, pero tenemos que pensar en cómo dotarlo de una dimensión constructiva y altruista. Una economía altruista significa que las personas no se deben mover exclusivamente por la ganancia personal (la teoría económica clásica). El respeto por la igualdad y la consideración por los valores intrínsecos de otros (no considerando a los demás como instrumentos para utilizar en la consecución de nuestros intereses) debería llegar a ser un componente primario de comportamiento y sentimiento humanos».

Viaje por los Anapurnas

Viaje por los anapurnas - banderas de rezo

Queremos centrar este viaje por los Anapurnas en el camino entre Deurali y Tadapani. Cuando el caminante tiene la fortuna de descender o, si es un poco menos afortunado, de ascender por esta senda localizada en el Área de Conservación de los Anapurnas, en Nepal, se puede encontrar con espectáculos insólitos. Desde pequeños y talludos porteadores que cargan sobre sus espaldas portes tan pesados como frigoríficos o lavadoras hasta un alto en el camino frente al río, donde se encuentran cientos de pequeños montículos de piedra y cantos rodados.

Viaje por los anapurnas - piedras devocionales
De Deurali a Tadapani.

Es habitual encontrar en los caminos de montaña montones similares y aislados, llamados “Hitos”, que se utilizan para señalizar caminos y sendas, pero no es habitual encontrarse tantos juntos.

Nuestro guía, Pewandi, de origen Sherpa y como tal, de educación budista, nos explicó el origen de estas estructuras: Cada una de las piedras fue colocada por una persona que pensaba que la piedra le representaba a él mismo y que al colocarla en uno de los montículos, intenta unirse a un Todo absoluto, encomendándose así a algo superior. Toda esta simbología queda reforzada por la presencia de un río que, en sus épocas de crecida, baña y posiblemente arrastra parte de estas estructuras, simbolizando el devenir implacable.

Todos estos elementos, el uno, el todo, el devenir… forman parte de muchas filosofías y religiones orientales y tanto si el visitante es participe de estas ideas y creencias, como si no, lo que sí es cierto es que provocan una sensación de reverencia y respeto.

Banderas de rezo

Con una idea semejante, podemos encontrar tanto en las ciudades como en las montañas intrincadas marañas de banderas de rezo que ondean al viento gritando silenciosamente el mantra Om Mani Padme Hum. Se encuentran algunas que al llevar tanto tiempo expuestas a la intemperie no son más que jirones descoloridos en los que difícilmente se pueden ver los caracteres en sánscrito. Y junto a estas, suelen encontrarse otras más nuevas con colores chillones que retoman el relevo.

banderas de rezo en Anapurnas, Nepal
Banderas de rezo inscritas con Om Mani Padme Hum.

La creencia de que el viento arrastre las oraciones de las banderas y las esparza por el mundo quizá nos resulte más etérea o religiosa, sin embargo, no cabe duda de que añaden cierta belleza e identidad al ya de por sí asombroso paisaje de los Himalayas.

En el caso de los hitos, las reflexiones pueden ser infinitas y absolutamente personales: De orígenes solidarios, filosóficos, religiosos, políticos, personales, etc.

De cualquier manera, si alguna vez pasas por este lugar, hay dos piedras que añadimos a nuestro paso y te invitamos a que tomes un canto, lo acerques a tu frente en señal de humildad y lo coloques junto a los nuestros.

Mushin no Shin

lago y luna - Mushin

No te pierdas este artículo en el que explicamos el concepto de Mushin no Shin, aquel que da nombre a nuestro centro.

“La luna no tiene intención de proyectar su sombra, ni el estanque se propone albergar la luna. ¡Qué serena está el agua de Hirosawa”

Poema imperial japonés

Este es un poema imperial japonés que intenta explicar con imágenes el significado del concepto Mushin (japonés) o Bu Xin (chino). Se puede traducir como “No-Mente” o “No-Intención” y que en realidad es una abreviación de las palabras Mushin No Shin o “mente que no es mente”.

Kanji de Mushin
Kanji de Mushin.

Una de las muchas ideas que se esconden detrás del poema es observar cómo de forma natural, la luna se refleja en la superficie de la laguna y de qué manera ésta devuelve dicho reflejo. Si la superficie de la laguna está serena y en calma, el reflejo de la luna será una imagen fiel, clara y nítida. Por el contrario, si la superficie está agitada o turbia, el reflejo de la luna estará alterado por la acción de la laguna. Es decir, el estado de la laguna alterará su percepción del mundo y el reflejo que proyecte estará modificado por su estado de Acción / Intención / Mente.

Esta última imagen de agitación o suciedad es la representación del estado Shin (mente), mientras que la primera, en la que la laguna está calmada es la imagen del estado Mushin (No-mente).

Mushin no Shin en el mundo moderno

Claramente, en el mundo moderno –no importa ya, en general, si hablamos de Oriente u Occidente– nuestra mente está repleta de estímulos, acciones, necesidades e ideas en ebullición que causan una alteración en la percepción que tenemos de nuestro entorno. Ese concepto del mundo distorsionado se proyecta hacia los demás, influenciándolos y creando de ese modo un círculo vicioso.

Siendo conscientes de esta capacidad de influencia, debemos tomar la responsabilidad de tales proyecciones y conseguir que sean una elección propia y no el producto de una imposición de fuerzas o situaciones externas. El que nuestras acciones consoliden y reafirmen comportamientos positivos o negativos dependerá del estado en que dispongamos nuestra mente y nuestro estado emocional (Mushin o Shin respectivamente).

Por esa razón hemos elegido el concepto Mushin como nombre para nuestro Centro, porque nuestro objetivo es ser parte activa apaciguando las aguas del mundo moderno y las terapias y técnicas que practicamos son nuestras herramientas de elección en la persecución de tal objetivo.